LA SEXTA DE LOST

LA SUPERESTRUCTURA DE PERDIDOS

“La muerte es la muerte”, dice Benjamin Linus –uno de los villanos más complejos de la narrativa contemporánea– justamente cuando más evidente se hace que en la isla de Perdidos la muerte no es la muerte. Pese a que nos hayamos acostumbrado a los fantasmas y a las resurrecciones, lo cierto es que la teleserie camina hacia su extinción sin vuelta atrás. Una última temporada siempre es un cóctel explosivo de Eros y Thanatos: deseo de conocer el desenlace y duelo incipiente por lo que está a punto de no ser. Pronto desaparecerán los personajes, parte del misterio o las vueltas de tuerca técnicas y argumentales; pero pervivirá una forma de leer. Que se ha impuesto.

En lo que va de década, nuestras formas de lectura se han visto modificadas sobre todo por dos plataformas de modelos: Internet (la ventana, el clipmetraje, la búsqueda con palabra clave, el link, el post, el comentario, el spam, etc.) y la telenarración (el videojuego, nuevos formatos televisivos como el reality, las últimas teleseries norteamericanas, etc.). Posiblemente sea Lost el ejemplo más radical de esa nueva pedagogía de la lectura audiovisual, cuyos vínculos se expanden de la telenarración a la red. Primero nos obligó a pensar el presente de cada personaje en función de su pasado (los continuos flashbacks de las cuatro primeras temporadas); después, de su futuro (los flashforwards de la quinta); mientras se sucedían los saltos temporales y la propia isla se convertía en una máquina del tiempo. Primero nos hizo recuperar las coordenadas del relato de náufragos en clave actual (el desastre aéreo), para introducir pronto, con Los Otros y la Iniciativa Dharma, la teoría de la conspiración y el relato post-utópico, apocalíptico y fantástico (del búnker como psicotopos a Ben empujando el engranaje del corazón de la isla, Sísifo posmoderno). Primero nos acostumbró a ciertos protagonistas, para después despedirlos y hacerlos regresar de múltiples maneras post-mortem. En paralelo, los capítulos se convertían en pasadizos de acceso al laberinto internáutico de Perdidos.

Porque la isla se quedó pronto pequeña. No sólo la analepsis y la prolepsis permitieron insertar en la lógica narrativa el afuera de la isla, el propio argumento sacó y volvió a meter en ella a los protagonistas. La suspensión del juicio, el pacto narrativo que propone la teleficción de J. J. Abrams y su equipo coloca al espectador en un nuevo lugar. Un lugar desde el cual éste puede procesar a ritmo de vértigo un flujo brutal de información (cronológica, histórica, pseudo-científica, biográfica), al tiempo que trata de llenar los vacíos mediante fuentes externas (como los videos en blanco y negro de Dharma en Youtube); pero que sobre todo reactiva el sentimiento de estar participando en un espectáculo de magia. En Fringe se habla del Patrón para clasificar los procedimientos de las acciones bioterroristas y paranormales que investigan los protagonistas. Es posible que sea la teleserie heredera de Lost y que de ella haya aprendido que el “patrón”, la estructura que van construyendo los guiones de cada capítulo, tiene que ser suficientemente fuerte como para sobrevivir a cualquier desorden y a cualquier vicisitud, con la obligada superposición de nuevas líneas argumentales, nuevos personajes, nuevos misterios, a cual más descabellado y fascinante. Si Los Soprano o Dexter tienen como pilares la energía magnética de sus protagonistas; si A dos metros bajo tierra y The wire se sustentan en la profundidad melodramática y realista de su protagonista colectivo; el secreto del éxito de Lost es su superestructura. Una superestructura capaz de hacer parecer como verosímil, dentro de los límites de la ficción, una acumulación monstruosa de acontecimientos. Que, además, ha sabido colonizar el ciberespacio y devenir absolutamente global.

Las teleseries se adaptan naturalmente a los mecanismos de la red social, porque su esencia es múltiple como la de Internet. No sólo en los canales de difusión (páginas de las cadenas de televisión, páginas de descarga, Youtube, página oficial); no sólo en las plataformas de promoción (en la web de Héroes te puedes descargar los cómics, en la de Miénteme se puede jugar a detectar mentiras, en la de Fringe te remiten a una completa web de la empresa ficticia Massive Dynamic); sobre todo en la dimensión participativa. De la Lostpedia y la Fringepedia a las acciones de protesta y las presiones ejercidas para que una teleserie sea reanudada, pasando por la subtitulación altruista, los fans se movilizan para difundir y ampliar el sentido de las obras que consumen pasionalmente. Son los apóstoles del siglo XXI. Se está acabando la época en que los medios de comunicación generan los temas de interés (como está ocurriendo con el e-book), ahora son los fans (es decir, cada uno de nosotros) quienes generan los núcleos de atención. El caso de Lost es en esto también ejemplar, hasta el ridículo. Durante las últimas semanas se han sucedido los reportajes que daban vueltas sobre la misma ausencia de información, sin aportar ni un solo dato sobre los contenidos de la sexta temporada. Los periodistas han llegado a Hawai obligados por los fans. Por la gran conversación que éstos han generado alrededor del planeta Perdidos y que amenaza con invadir el sistema solar.